El crujur de las sabanas le hizo darse cuenta del frio que hacía fuera de ese mircocosmos que habían creado la noche anterior.
Olía a grosellas y lilas.
Se giró y vió su pelo cobrizo enmarañado. Era ella, sin duda. Su princesa.
Cuantas noches había soñado con aquello, cuanta inseguridad.
Pero ya pasó.
Cuando sus labios se unieron supo que ya todo daría igual. Serían felizes juntas.
Se volvió, abrazandola, dejando que sus melenas despeinadas se mezclaran, aspirando el olor que brotaba de su cuello.
Si, grosellas y lilas….
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