A veces he pensado en ahorcarme con el tanga. Es orondo, como la dueña, claro esta, me daría de sobra. Y todos pensarían ¿Por qué lo habrá hecho? Pues porque estoy harto, no puedo soportar salir sólo tres veces al día, unos veinte minutos cada vez, ni los “mimos” aplastantes, que en vez de acariciarme parece que me quiere pegar la piel a la columna aún más, ni que grite mi nombre constantemente o, peor todavía, que me llame con motecitos como peludito, gordito, pequeñín o perrin-chin-chin.
Todo esto lo pienso a oscuras, mirando la silla donde ella deja su ropa antes de meterse en la cama en su plena desnudez.
De pronto, la luz se enciende.
¿Qué haces gordito?
Giro la cabeza y la miro. Estúpidos humanos.
Muevo el rabo y me subo a la cama, a hacerme un ovillo a su lado.
Filosofias…
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