Descenso

Cuando me quedé sola en la casa nueva, me percaté de la puerta que se escondía en la habitación de estar. Juraría que al comprar la casa, aquella puerta no estaba allí, y por eso, decidí que sería una buena idea ir a ver que secretos guardaba.
Pero no fue tan buena idea.
Cuando crucé la puerta, como en una película de terror, esta se cerro tras de mí y me encontré en una estancia oscura, húmeda y con un olor a podredumbre que arrugaría la nariz de cualquier rata de alcantarilla.
Intento buscar el interruptor de la luz, o una persiana, pero parece que la habitación me ha tragado y no encuentro ninguna pared. Cada vez me desoriento más y más.
Comienzo a oír ruidos, y, pensando que pudiera ser alguien dentro de la casa, me dirijo a ellos, con la esperanza de lograr salir de allí.
Encuentro unas escaleras, en cuyo fondo parece haber una luz mortecina que todo lo tiñe de un color verduzco.
Desciendo para encontrarme en otra sala.
Son unos baños, parecidos a los de los aeropuertos. Cabinas individuales, de blancas puertas, suelo de gres, paredes de azulejos azules y blancos, un gran espejo y unos lavabos.
Oigo a alguien hablar, y me escondo, asustada en una de las cabinas. La luz es tenue, como si no fuera del fluorescente que cuelga perfecto del techo.
Cuando creo que ya no hay nadie, abro la puerta. Y parada en frente de ella, esta una niña pequeña, rubia, con un pichi verde y una chaquetita de manga tres cuartas.
“No tengas miedo” me dice “no te vamos a hacer nada” Mientras tanto, oigo a alguien canturreando por el baño.
“No somos malas, sólo limpiamos el baño”
Una mujer, mayor, encorvada, con los pelos como los de una escoba, color paja, verrugosa y vestida con una bata azul, se aproxima por mi izquierda.
“Ah, ya has llegado. Acompáñame, te diré que tienes que hacer” Sin saber aun porque, la sigo.
Ella me entrega una esponja y me conduce a la parte más oscura de ese enorme baño. Allí, hay unas duchas, también en cabinas, que me recordaron a las viejas historias que contaba mi padre sobre la mili, un tubo recto con una alcachofa que miraba hacia abajo. Todas parecían limpias, menos una que tenía la puerta cerrada.
La mujer abrió la puerta y contemple con asombro una ducha mugrienta, cubierta de moho verde baba y algo blanquecino que me atreví a pensar sería cal.
“Tienes que limpiarlo. Aquí es donde ellos celebran las reuniones”
“Pero… ¿Quiénes son ellos?”
Y una vocecita a mi espalda me contestó “¿Quienes van a ser? Los reyes del infierno”

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