- No importa cuantos más doy en las despedidas, siempre me queda uno en los labios.
-¿Y que hace entonces?
-Al principio me aguantaba, miraba como se alejaba y punto. Después de todo, no podía estar todo el rato dándola besos
-Y después decidió…
-Que les guardaría en una cajita. Ya sabe, para regalárselo por nuestro aniversario o algo así. O si a mí me pasaba algo ella siempre tendría mis besos si les quería.
-Es una idea muy romántica.
-Ya. Pero un día sucedió la desgracia.
-¿Qué desgracia? Yo le veo estupendamente.
-¿Me toma el pelo? Bueno, el caso es que la desgracia llegó cuando yo tenía ya más de ocho cajas llenas. No cajas pequeñas, no se crea, cajas como de botas de montaña. Pero adornadas, mucho más bonitas que esas cajas de cartón reciclado.
-¿Y se lo dio?
-No, déjeme contarle. Resulta que decidí escribirle una carta, y juntar todas las cajas para mandárselo por correo, dándole así una sorpresa más grande.
-Qué bonito
-Ya. El caso es que lo empaqueté y lo envié por correo, con la esperanza de que llegara puntual el día de nuestro aniversario. Cuando volvía para casa fue cuando el loco me acuchilló. Bueno, a mí y a otros tres, supongo que lo oiría. Un hombre se trastorno en la puerta de correos porque no le dejaron mandar un paquete “sospechoso”…así que se lió a navajazo limpio con todo el que salía de la oficina. Sólo nos dio a tres, por suerte los de seguridad andaron rápidos.
-Pero se le ve muy bien. Supongo que ella le visitaría.
-Tu… ¿eres tonto, verdad? Déjame que termine de contar la historia y después haces preguntas. Bueno, cuando el asalto terminó definitivamente en el hospital, ella lloró sin consuelo. Y mis padres, los suyos, nuestros amigos…Un espectáculo, vamos.
Pero llegó el día de nuestro aniversario, y el dichoso paquete llegó, como yo quería puntual.
-Oh, y a ella se le enterneció el corazón…
-Que no me interrumpa, hombre. Abrió el paquete entre sollozos, leyó la carta aguantando la respiración y tomó la decisión.
Como mis cajas eran grandes, decidió que sólo se alimentaría de mis besos, hasta que duraran y luego ya se vería.
Sus padres, por supuesto, se lo tomaron fatal. En realidad todo el mundo, hasta yo. Ella no lo comprendía, pues era mi regalo y de eso se trataba, de que ella lo usara. Nadie estuvo de acuerdo. Así que cogió las cajas, el vestido que mejor le quedaba y se fugó.
Al principio vivía en una pensión maltrecha del centro. Un edificio que se caía a cachos, pero barato, y más si no comías allí.
Me desayunaba, comía y cenaba. Levantaba levemente la tapa y un beso mío se depositaba en sus labios carnosos.
Pronto, ella pensó que si seguía a ese ritmo, no le quedarían cajas en pocos días, y comenzó a ahorrar. Sólo un beso para desayunar y otro para cenar, puntualmente cada doce horas. El resto de las comidas eran vasos de agua.
Adelgazó mucho, y su vestido pronto quedó sucio y roído. La echaron del trabajo, pues no daba la imagen que en la empresa querían. Sin trabajo, se quedó sin dinero, y la echaron de hostal. Era barato, pero no hacían obras de caridad.
Ella seguía con su dieta de dos besos.
No aceptó ayuda de nadie, y se fue a los parques con las cajas bien guardadas en una bolsa.
Una señora compasiva la regaló un par de mantas, y así resistía el frío de las noches.
Se lavaba en las fuentes o en el río si hacía mucho calor. Desayunaba un beso y cenaba otro. Si estaba muy desesperada y me echaba mucho de menos, se tomaba otro a medio día. Pero no era lo normal.
Cuando la primera caja se acabó, creyó que se moría. Estuvo un día entero sin abrir otra, hasta que la desesperación la pudo y volvió a su régimen.
Apenas nadie la reconocía. Algunos le daban limosna, y la señora de las mantas la traía café las mañanas que hacía mucho frío. Yo creo que hasta se han hecho amigas. La señora le trae lo que necesite y ella la escucha o le habla, depende.
A lo que iba, después de casi un año, la segunda caja se terminó. No lo pasó tan mal como con la primera, pero se resistió a abrirla un poco. Por suerte, la señora andaba por allí y la obligó. Creo que ella se da cuenta de lo importantes que son esos besos. Caja tras caja, ha pasado el tiempo. La señora ya no va tanto a verla porque es abuela y ella se ha marchitado poco a poco.
Ya ha empezado la octava caja, y yo estoy aquí esperándola.
-Pero, ¿Por qué no va a buscarla?
-¿Tu eres nuevo, no? Ojalá pudiera, pero por sino te has dado cuenta, no somos ni la materia que creamos. Sólo quiero que se le acabe antes del invierno y deje de pasarlo mal. Quiero volver a ser yo quien le de besos, y no una caja.
-¿Y no hay ningún modo…?
-No claro que no. Sólo puedo esperar y observarla desde este cristal, hasta el fin de su tiempo.
Para quién sabe, por lo que sabe.